Por qué los mejores discursos que has escuchado no los escribió quien los pronunció

Un escritor de discursos no te quita la voz: te ayuda a encontrarla. Descubre qué hace realmente un speechwriter y cuándo una empresa necesita uno.

escritor de discursos

Hay una creencia extendida en los equipos directivos que funciona más o menos así: quien domina un tema puede comunicarlo bien. La lógica parece sólida. Si alguien conoce su empresa mejor que nadie, si ha tomado las decisiones, si tiene los datos, lo único que necesita es ponerse delante de la audiencia y contarlo.

Es una lógica razonable. Y casi siempre falla.

Conocer algo a fondo y saber convertirlo en un discurso que funcione delante de una sala son dos habilidades distintas. No son incompatibles, pero tampoco van juntas por defecto. El problema es que en la mayoría de las organizaciones se confunden. Y el resultado son directivos que hablan mucho y dicen poco, presentaciones que no movilizan, palabras que se olvidan antes de que el público llegue al aparcamiento.

Lo que se cree que hace un escritor de discursos

La imagen más común es la del redactor de lujo: alguien a quien le entregas tus ideas en bruto y te las devuelve pulidas, con mejor sintaxis y alguna metáfora bien colocada. Un corrector de estilo con pretensiones.

No es eso.

Un escritor de discursos trabaja mucho antes de que exista una sola frase escrita. La mayor parte del trabajo es de escucha y de diagnóstico: ¿Qué quiere conseguir este discurso? ¿Qué sabe la audiencia y qué no sabe? ¿Qué necesita escuchar para moverse (para comprar, para confiar, para comprometerse) y qué necesita sentir para que eso ocurra? ¿Cuál es la única idea que tiene que quedarse cuando todo lo demás se olvide?

Esas preguntas parecen sencillas. Lleva horas de trabajo responderlas bien. Y casi nunca el directivo que tiene que pronunciar el discurso tiene tiempo, distancia o entrenamiento para hacérselas a sí mismo con la frialdad necesaria.

El momento en que se entiende

Hace unos años trabajé con el director general de una empresa industrial de tamaño medio que tenía que comunicar una reestructuración importante a sus mandos intermedios. Unos 80 directivos reunidos en una sala. Sabía perfectamente lo que había decidido y por qué. Llevaba meses con ello. El problema era que cada vez que intentaba explicarlo, el discurso le salía defensivo, lleno de justificaciones, más preocupado por protegerse a él que por prepararles a ellos para lo que venía.

No era un problema de retórica. Era un problema de perspectiva. Estaba demasiado dentro para ver lo que necesitaba su equipo.

Trabajamos juntos durante dos sesiones. No para escribir el discurso (eso vino después y fue lo más rápido), sino para encontrar el ángulo desde el que esa comunicación podía ser honesta sin ser defensiva, clara sin ser fría y exigente sin romper la confianza que iba a necesitar en los meses siguientes. Cuando salió de esa sala, tres personas se le acercaron para decirle que era la comunicación interna más clara que habían recibido en diez años en esa empresa.

El discurso duraba doce minutos.

Lo que realmente se delega y lo que no

Hay una objeción legítima que aparece siempre: «Si no lo escribo yo, no voy a sonar auténtico». Es comprensible. Y es una confusión entre autoría y autenticidad.

Un buen escritor de discursos no te impone su voz. Trabaja para encontrar la tuya, a menudo más clara y más precisa que la que tú mismo producirías bajo presión y con el tiempo encima. Los mejores discursos que ha pronunciado Barack Obama no los escribió solo. Los que ha dado Steve Jobs en sus presentaciones de producto tenían detrás equipos enteros. Eso no los hacía menos auténticos.

Lo que no se puede delegar es la decisión sobre qué se quiere decir y por qué. Eso tiene que venir del directivo. A partir de ahí, convertirlo en algo que funcione oralmente, que tenga ritmo, que maneje los silencios, que sepa cuándo acelerar y cuándo detenerse… eso es un oficio. Y como cualquier oficio, se aprende, se practica y, cuando no se tiene, se contrata.

El coste de no tenerlo

Un discurso fallido en el momento equivocado no es un detalle. Es una crisis interna que no aparece en ningún informe pero que se instala en la cultura de la organización. Los equipos recuerdan cuándo su liderazgo no estuvo a la altura de lo que pedía el momento. Y eso pesa más y dura más que cualquier dato de negocio que se haya comunicado bien.

La pregunta no es si una empresa necesita un escritor de discursos profesional. La pregunta es cuánto le está costando no tenerlo: en oportunidades perdidas, en mensajes que no movilizan, en credibilidad directiva que se erosiona de forma silenciosa cada vez que alguien habla más de lo que dice.

Lo más importante:

Un escritor de discursos no escribe por ti. Trabaja contigo para encontrar lo que quieres decir antes de que sepas formularlo.
En ese trabajo previo de escucha, de diagnóstico, de perspectiva es donde está el valor real.
Las palabras vienen después…

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