Seguro que has oído hablar del miedo al folio en blanco y del pánico escénico. Pues si tienes que preparar un discurso y luego pronunciarlo, es probable que te enfrentes a los dos a la vez. Tranquilidad. Al final, serás capaz de encontrar esa frase que le de inicio a todo y ese ritual que te da confianza. Para acelerar el proceso, te voy a dar algunos consejos que te ayuden a escribir discursos que funcionen.
Primer paso: conoce a tu público
Una vez cometí el error de preparar una presentación súper técnica para un grupo que apenas sabía del tema. Fue como intentar explicarle física cuántica a mi gato. Desde entonces, cuando me enfrento a la preparación de discursos, siempre me hago estas preguntas:
- ¿Quiénes son las personas que van a estar delante?
- ¿Qué les quita el sueño?
- ¿Qué quieren/esperan escuchar?
- ¿Qué podrían estar pensando mientras me escuchan?
Mi truco personal: antes de escribir, imagino que estoy tomando un café con alguien de mi audiencia y pienso en cómo le explicaría mi tema. Por ejemplo, ¿tienes que hablar sobre estrategia digital a un público que no sabe nada sobre el tema? Imagínate que estás charlando con tu amigo Carlos, ese que dice que no entiende nada de tecnología. Prepárate para hablarle a él. Seguro que funciona mucho mejor que algunas técnicas para escribir discursos que encuentres por ahí.
Encuentra el «para qué»
Ponte en esta situación: acabas de dar un discurso de 20 minutos y al final, tu jefe te pregunta: «Vale, ¿pero qué quieres que hagamos exactamente?». Te querrás deslizar de la silla y esconderte debajo de la mesa. Por eso siempre debes tener claro tu objetivo: qué mensaje quieres que se fije en la cabeza de quien te escucha.
Un método infalible: escribe en una nota adhesiva lo que quieres lograr y pégala en tu pantalla. Alguna idea: «Quiero que se emocionen tanto con este proyecto que no puedan esperar a empezar» o «necesito que entiendan por qué este cambio nos va a hacer la vida más fácil».
Arma el esqueleto de tu discurso
No hay una estructura mejor para un discurso efectivo:
- El gancho: Algo que haga que la gente levante la vista de sus teléfonos.
- El meollo: Tus puntos principales (y por favor, que no sean más de tres).
- El remate: Algo que haga que te recuerden.
Lo que hago yo: piensa en palabras que resuman las ideas que quieres que estén en tu discurso, escríbelas en post-its y pégalas en la pared. Cuando las tengas, muévelas como si fuera un rompecabezas hasta que todo encaje y la historia tenga sentido.
Habla como un ser humano normal
En serio, olvídate de sonar como un libro de texto o de tener que utilizar palabras técnicas el 30% del tiempo.
Ponte en esta situación: eres un ingeniero que tiene que dar una charla sobre «optimización de procesos» a tus compañeros de otros departamentos (recuerda el primer punto: conoce a tu público). ¿Vas a empezar a utilizar jerga técnica? Es la mejor forma de que la mitad se duerma y todos desconecten… ¿Por qué no empiezas así?: «¿Os acordáis cuando éramos niños y hacíamos las cosas de la manera más complicada posible? Bueno, pues eso es lo que estamos haciendo en nuestra compañía ahora mismo».
Cuenta historias, no datos
Los números son importantes, pero lo que la gente recuerda son las historias. Hace poco escuché a una directiva que, en vez de hablar de «incremento de productividad», contó cómo María, del departamento de ventas, ahora tiene tiempo para almorzar con sus hijos gracias al nuevo sistema. El ahorro de costes que ha generado ese nuevo sistema no llegó a entrar nunca en mi mente…
Te dejo una idea: abre una nota en tu teléfono que se llame «Cosas que pasan». Anota ahí historias divertidas, momentos emotivos o situaciones peculiares del trabajo o de tu vida cotidiana. Esa nota no la compartirás nunca con nadie: es una mina de oro para la preparación de discursos.
Practica, pero no te vuelvas loco
Sí, hay que practicar. No, no tienes que aprendértelo de memoria como si fueras a recitar un artículo del Código Penal. Practica mientras cocinas, en la ducha o mientras paseas por tu despacho. Quizá te ayude grabar el discurso y escucharlo mientras caminas o conduces al trabajo.
El momento de la verdad
Si quieres un símil, dar un discurso es como tirarte a la piscina. Puedes pasarte horas al borde, midiendo la temperatura del agua con el dedo del pie, o puedes saltar y punto. Sí, puede que salpiques un poco. Sí, puede que tragues algo de agua. Pero también puede que descubras que nadar no es tan terrible después de todo.
Mi mejor consejo, después de haber dado algunos discursos y de haber escuchado muchos, es este: sé tú mismo. La gente no quiere escuchar a un robot. Quieren escuchar a una persona real, con sus imperfecciones, sus faltas de concordancia o su capacidad para emocionarse con lo que está diciendo.
